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Cultura

El registro de enfermedades comunes

Notas clínicas improvisadas ante la ausencia de atención médica, cuando el cuerpo se convierte en el único diagnóstico posible.

Redacción·8/3/2026

Hay páginas donde la escritura abandona toda reflexión y se vuelve casi médica, aunque no haya médicos. Son anotaciones breves, directas, sin adornos, donde el cuerpo habla porque nadie más lo escucha.

Dolor, fiebre, tos, diarrea, debilidad. Palabras simples para males comunes que, en condiciones normales, no tendrían importancia, pero que aquí pueden significar el principio del final.

En muchos diarios escritos bajo persecución, la enfermedad aparece sin dramatismo, como un dato más del día. No se escribe para buscar consuelo, sino para dejar constancia. El cuerpo se observa a sí mismo. Se mide.

Se enumera. La escritura adopta el tono de una ficha clínica improvisada, hecha sin formación médica, pero con una atención extrema a los síntomas.

En el Diario de Ana Frank, junto a pensamientos íntimos, aparecen notas sobre el estado físico propio y ajeno. En una entrada escribe:
«Hoy he tenido dolor de cabeza todo el día y no he podido concentrarme.»
No hay interpretación. No hay queja. El dolor se registra como se registra el paso de las horas. El cuerpo enfermo forma parte del encierro, como el silencio o la falta de espacio.

Este tipo de anotaciones se repite en los diarios de Víctor Klemperer. En varias entradas consigna síntomas con precisión casi obsesiva:
«Debilidad constante. Mareos. Falta de apetito.»
La frase parece sacada de un informe médico, pero no lo es. Es una tentativa de control en un entorno donde el cuerpo deja de responder y no hay a quién acudir.

Escribir los síntomas es una forma de no perderse del todo dentro de ellos.

En estos textos, la enfermedad no se presenta como tragedia singular, sino como desgaste acumulado. Resfriados que no se curan. Infecciones leves que se agravan. Dolores persistentes que se normalizan.

La escritura no dramatiza porque no puede permitírselo. El cuerpo enfermo sigue funcionando, aunque sea mal. Y eso es lo que se anota.

En Si esto es un hombre, Primo Levi describe el estado físico de los prisioneros con una sobriedad extrema. En uno de los pasajes escribe:
«La fiebre es común. La debilidad también. Nadie se sorprende.»
La frase no busca provocar compasión. Constata una normalización del malestar. La enfermedad deja de ser excepción y se convierte en condición compartida. El cuerpo enfermo ya no reclama atención; se adapta.

Algo aún más desnudo aparece en los textos de Charlotte Delbo. En Aucun de nous ne reviendra se leen frases como:
«Tose toda la noche. Por la mañana sigue de pie.»
No hay diagnóstico. No hay explicación. El cuerpo enfermo se describe por lo que hace o deja de hacer. Resistir se mide en gestos mínimos: levantarse, caminar, no caer.

En las cartas de Etty Hillesum, escritas desde Westerbork, la enfermedad aparece integrada en la vida cotidiana del campo. En una nota escribe:
«Hay muchas personas enfermas hoy. Se las ve en la forma de caminar.»
No enumera síntomas. Observa cuerpos. El cansancio, la fiebre, la debilidad se reconocen en la postura, en el ritmo de los pasos. El registro clínico se vuelve visual, casi silencioso.

Estas notas sobre enfermedades comunes no buscan curación. Buscan constancia. Escribir «tengo fiebre» no alivia la fiebre, pero fija un hecho: el cuerpo está siendo atravesado por algo que no se puede ignorar.

En ausencia de atención médica, la escritura cumple una función mínima de cuidado: mirar, nombrar, no negar.

Hay también un sentimiento profundo en estas páginas, aunque nunca se declare. El cuidado del propio cuerpo y del cuerpo ajeno aparece en la atención a los detalles. Alguien anota que otro tose más.

Que alguien ya no come. Que alguien no se levanta. El registro clínico improvisado es también una forma de vínculo: alguien mira a alguien enfermo y lo deja escrito.

No hay heroicidad en estos textos. No hay exaltación del sufrimiento. Hay una aceptación lúcida de la fragilidad.

El cuerpo se convierte en territorio vulnerable y la escritura en la única herramienta para no perderlo del todo. Cada síntoma anotado es un intento de mantener un mínimo orden en medio del deterioro.

Estos registros no pretenden ser literatura ni testimonio histórico en el sentido clásico. Son apuntes hechos al borde, con letra cansada, a veces casi ilegible.

Pero contienen una verdad esencial: cuando no hay médicos, escribir sobre el cuerpo es una forma de no abandonarlo.

En esas líneas breves, sin adjetivos, sin lamentos, late un sentimiento silencioso y hondo: la voluntad de seguir cuidando la vida, incluso cuando ya no hay medios para hacerlo. El cuerpo duele, enferma, falla.

Y aun así, alguien lo mira y lo escribe. Eso también es resistencia.

ASERTIVIA

«Hoy me duele la cabeza y tengo fiebre. Nada más que anotar.»